Para muchos, entre los que me incluyo, Ray Bradbury fue el mejor y más relevante escritor en el rubro de la ciencia ficción. De su proficua pluma fluyeron obras como Crónicas Marciales, Farenheit 451, El Hombre Ilustrado o Cuentos Espaciales, sólo por mencionar algunas de ellas.

Hoy, en el final de la segunda década del siglo XXI, talvez ni la mágica impronta de Bradbury, hubiera imaginado que un docente, desde su casa, impartiera una clase a sus estudiantes, quienes también están en su casa.

La raza humana es a veces, reacia a los cambios, pero cuando estos son necesarios, no nos oponemos. Y así ocurrió. En este primer semestre del 2020, la humanidad nos puso ante una situación en la que la única alternativa posible era el cambio. Y cambiamos. Hoy la tecnología de la información condiciona nuestras vidas. Y no es verdad que resistimos o somos reacios a ella, desde que encendemos con el control remoto una televisión, un equipo de calefacción o llamamos a nuestra familia y amigos por un minúsculo teléfono inteligente, el cual también nos permite comunicarnos con alguien que esté en lugares tan recónditos como el siempre húmedo Bangladesh, el inhóspito desierto de Gobi o la bella Isla de Malta.

Y los cambios, cuando son obligados, muchas veces son más eficientes y a la vez más efectivos. De las clases presenciales, con una pizarra a nuestras espaldas y los estudiantes a nuestro frente, pasamos a las aulas virtuales, con los estudiantes detrás de una pantalla y apelando a una pizarra virtual.

Y ahí fuimos, docentes por un lado y estudiantes por otro, aprendiendo, como hacemos cada día, enriqueciéndonos, e innovando en nuestras clases virtuales. De eso se trata cada día, de aprender, de innovar y de no resistirse a los cambios.

Qué dirá el bueno de Ray, desde el cielo, con su máquina de escribir y sus hojas de papel, como únicas herramientas.